Soy Ariel Markovits


Manifiesto político y espiritual

Chile puede y debe convertirse en la potencia económica y militar de Latinoamérica. No por ambición, sino por destino. Un país con historia gloriosa, con próceres que dieron su vida por la patria, con unas Fuerzas Armadas valientes que nacieron para defender la libertad, la soberanía y el orden. Un país con recursos, talento y corazón. Un país que debe volver a caminar con la frente en alto, en alianza con naciones que comparten su visión: Estados Unidos e Israel.

Nuestros fundadores —O’Higgins, Carrera, Portales, Prat— construyeron la nación sobre principios de esfuerzo, honor, disciplina, orden y fe. Chile fue grande cuando fue moralmente firme. Y volverá a ser grande cuando recupere sus raíces espirituales y su estructura de valores.

Vivimos tiempos en que el alma de las naciones está bajo ataque. Las ideologías modernas, el relativismo, la corrupción y el abandono de Dios están destruyendo la base de nuestra convivencia. Sin fe no hay moral. Sin moral no hay justicia. Y sin justicia no hay paz.

Entré en política porque mi alma no me permite ser indiferente. Porque no nací para adaptarme al caos, sino para enfrentarlo con dirección, con firmeza y con propósito. Porque tengo una naturaleza protectora que no descansa mientras haya algo que defender: la verdad, la familia, la fe, los inocentes, los que aún creen.

Mi motor es el amor por mi familia. Mi esposa, mis hijos, mis raíces. No hay en mí un deseo de poder vacío, sino una fuerza interna que nace del amor. Porque el que ama protege. El que protege lidera. Y el que lidera, debe rendir cuentas ante Dios.

Disfruto la estrategia. Amo la planificación. Creo profundamente en la visión a largo plazo, en los pasos firmes, en construir estructuras que den frutos durante generaciones. No busco improvisar ni figurar, sino diseñar y edificar con sabiduría.

Mi familia proviene del mundo judío ortodoxo húngaro. Mi padre fue criado en un orfanato religioso. Mis estudios de Torá los realizo con sus escritos. No soy ortodoxo, pero tengo un respeto profundo por quienes estudian y viven la Torá con entrega. Ellos mantienen encendida la llama. El estudio de la Torá es el escudo del pueblo judío. Y los valores eternos de la Biblia —justicia, responsabilidad, servicio, amor al prójimo— son la base sobre la que debe levantarse una nación sana.

Del lado de mi madre vengo de los bellos cerros de Playa Ancha, de una familia grande, alegre, profundamente chilena, trabajadora, con el corazón lleno de identidad nacional y amor por lo simple. De ahí heredé el alma popular, la cercanía, el lenguaje directo y el amor profundo por esta tierra. Esa mezcla de espiritualidad y chilenidad me formó. Y es desde ahí que hablo y actúo.

Tengo una profunda hermandad con los cristianos de fe en Chile. Ellos han sostenido la llama de la esperanza en medio del abandono moral. Han defendido la vida, la familia, la oración, la libertad religiosa y el amor por Israel con coraje y humildad. Estoy convencido de que la misión de los cristianos en Chile es vital: despertar la conciencia dormida de un país que necesita volver a Dios. Caminaré junto a ellos con respeto, con convicción y con gratitud.

No represento a un sector. Represento una misión. La misión de unir a quienes aún creen: los que defienden la familia, la fe, el mérito, la identidad nacional y el trabajo bien hecho. No importa el credo ni la clase social. Lo que une es la voluntad de reconstruir Chile con orden, coraje y propósito.

Siento una profunda alegría al ver cómo florece el potencial humano cuando se le guía con verdad. Nada me da más satisfacción que ver a una persona elevarse, encontrar su misión y caminar hacia Dios con dignidad. Ese es el verdadero liderazgo: no mandar, sino encender.

No hay ingenuidad en este camino. La política no es espacio para puritanos ni para corruptos. Se necesita alma firme, estrategia clara y compromiso profundo. No se trata de figurar. Se trata de defender lo eterno desde la realidad.

Chile no necesita más discursos vacíos. Chile necesita líderes con fe, con historia y con visión. Líderes que comprendan que nuestras Fuerzas Armadas no son un obstáculo, sino una columna. Que nuestros símbolos no son trapo viejo, sino herencia viva. Que la familia no es una opción, sino la base de toda nación que quiera sobrevivir.

Mi compromiso es servir a Dios, proteger a las familias, defender a los que creen y trabajar por un país con raíces firmes y un futuro brillante. Como un tren que avanza, sí paro en cada estación para quienes quieran subir. Pero no me detengo. Camino con dirección, con el corazón encendido, y con la certeza de que la redención no es un sueño, sino una tarea diaria.

Que Dios bendiga a Chile.


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