
Hoy preparando el asado con mi familia, abrí una botella de vino tinto chileno aquí en Israel. Fue de esas veces en que uno se toma un momento para sí mismo, con ese gustito que trae recuerdos, familia, y tierra. Y en medio de ese inmenso placer, me acordé del Negro Piñera.
Se fue como pocos se van: agradeciendo. Sin miedo. Rodeado de amigos, con una copa de vino tinto en la mano, cantando, riéndose… igual que en la vida. Así nomás. Sin drama. Con la pura honestidad del que ya no tiene que demostrarle nada a nadie.
El Negro, con todos sus condoros y locuras, tenía algo que no se compra ni se aprende: la alegría de ser chileno. Esa forma de ver la vida con humor aunque esté todo patas pa’ arriba. Esa costumbre tan nuestra de tirar la talla incluso cuando hay pena. Esa mezcla de nostalgia, picardía y cariño que se respira en cada sobremesa, en cada reunion familiar, en cada conversa con un vecino.
Y ahí me puse a pensar: ¿por qué somos así?
Porque sí, los chilenos somos alegres, buena onda, hospitalarios, bromistas. No es chiste. Donde vamos, dejamos marca. Siempre hay uno dispuesto a ayudar, a invitar a la casa, a reirse juntos y pasar las penas. Es que tenemos un país que nos hace así. Un país hermoso, con montañas gigantes, mares fríos, lagos tranquilos, lluvias, desiertos y valles que te abrazan.
Con todo eso, ¿cómo no vamos a tener el corazón grande?
La geografía nos formó el alma. El clima nos dio carácter. La historia nos enseñó a levantarnos. Y sin darnos cuenta, estamos todos conectados por algo más grande, más profundo. Llámale Dios, llámale energía, llámale como quieras, pero los chilenos tenemos una conexión con lo divino, aunque muchos no lo sepan.
Por eso no pierdo la esperanza. Porque en medio de todo lo que pasa, yo creo que Chile tiene lo necesario para ser el mejor país del mundo para vivir. Lo digo con los ojos cerrados. Porque tenemos lo más importante: gente buena. Gente que se la juega. Gente que sabe reírse de sí misma. Gente con sueños. Gente noble.
Y aunque a veces nos perdamos en peleas chicas o en la rutina, cuando nos unimos, cuando nos ponemos serios con una sonrisa en la cara, no hay quien nos pare.
Así que hoy, desde este rinconcito en Israel, alzo mi copa de vino chileno y digo:
¡Gracias, Negro! Gracias por recordarnos que la vida se vive con alegría, sin miedo, con amigos, con gratitud… y para que vamos a tener una vida triste y seca…Salud.
Deja un comentario