Lo vimos antes. Lo vivimos. No lo repitamos.

Mi padre y su familia fueron uno de los pocos sobrevivientes del rapido y metodico exterminio nazi. Junto a sus padres y su hermano lograron escapar de la masacre que devoró a los judíos de Hungría durante el holocausto. En solo tres meses casi 500.000 judios fueron enviados a Auschwitz para ser torturados y asesinados. No hay tumbas, ni fotos, ni siquiera nombres grabados en piedra. Solo silencio. Ese silencio espeso que habita en las familias marcadas por lo irrecuperable.

Durante años, viví con esa sombra. Una sombra que no pesa solo en lo histórico, sino en la carne, en la mirada de un padre que vio demasiado joven el rostro de la brutalidad. Pero en Chile donde somos personas amables, divertidas, acogedoras, de corazon grande, donde en cada hogar se vive el lema «La casa es chica pero el corazon es grande» hasta el peor de los traumas, penas y sufrimientos se va borrando entre copas de vinos, asados, cariño y lo que hacemos tan bien los chilenos que es difrutar la vida y la alegria de reunirnos.

Y les confieso algo: nunca quise hablar de esto. Nunca me interesó presentarme como “hijo de sobreviviente”. Como todo chileno, me carga victimizarme. Me enseñaron a salir adelante en silencio, sin mirar atrás, con alegria, humor, bromas, agradecimiento, sin tantos dramas, con optimismo y esfuezo, a la chilena. Pero hay momentos en la vida en que callar es traicionar la memoria. Y ante lo que estamos viendo hoy, el silencio ya no es una opción.

La historia de los judíos de Hungría no empezó con las cámaras de gas. Empezó con palabras. Con discursos. Con decretos. Con un antisemitismo que, en su tiempo, era considerado “respetable”, “intelectual”. Era común oír frases como: “Está bien odiar a los judíos por lo que representan, pero matarlos es una barbarie.” Esa era la sofisticación del odio: aceptado, racionalizado, hasta decoroso. La versión diplomática del desprecio. La antesala del crimen.

Hoy, desde la distancia del tiempo y desde mi lugar en Chile, veo con inquietud señales que me duelen como judío, como chileno y como hijo de sobrevivientes. Veo cómo ciertos discursos en Chile —disfrazados de justicia, de lucha por Palestina, de “crítica a Israel”— caen en el mismo patrón: deshumanizar, generalizar, señalar, aislar.

He escuchado a líderes de la comunidad palestina chilena, en eventos públicos, negar el derecho a existir de Israel, o justificar el terrorismo como “resistencia legítima”. He visto cómo, en redes sociales, se multiplica el odio hacia los judíos con impunidad, cómo se difunden imágenes con estrellas de David ensangrentadas, o se nos llama asesinos y genocidas simplemente por existir.

Y lo más preocupante: he observado cómo, en partidos emergentes de creciente apoyo popular, se infiltran figuras que ocultan ideologías extremas, profundamente nacionalistas y antisemitas, disfrazadas de “rescate de valores” o “patriotismo verdadero”. Son discursos que empiezan por sembrar sospechas sobre minorías, que hablan de “pureza cultural”, de “enemigos internos” y del “peligro de la influencia judía”. Ya lo vimos antes. Y sabemos cómo termina.

El antisemitismo es uno de los peores males de la historia humana. No se detiene con los judíos: empieza ahí, pero el odio crece y se expande como una enfermedad, avanzando hacia los más indefensos, hacia toda minoría, hacia el diferente. No para hasta devorar sociedades enteras. La maquinaria del odio nazi no solo exterminó seis millones de judíos, sino también millones de europeos, disidentes, discapacitados, gitanos, homosexuales, y cualquiera que no encajara en su lógica de “pureza”. El antisemitismo nunca se queda quieto. Siempre escala. Siempre destruye.

Chile, como Hungría, es un país tradicional, silencioso, a veces ingenuo. Ambos pueblos valoran la familia, el orden, el honor. Pero también han sido testigos de cómo el silencio puede volverse cómplice, cómo el miedo puede abrir paso a lo peor.

¿Qué debe hacer la sociedad chilena hoy?

Debe despertar, hacer leyes efectivas contra el discurso del odio, denunciar y sansionar a los instigadores del odio. No permitir que el odio se normalice por izquierda ni por derecha. No aceptar que el discurso contra Israel o contra los judíos pase como “opinión política”. Recordar que la historia se repite, pero nunca igual. Que lo que hoy son palabras, mañana pueden ser despidos, agreciones, migraciones forzadas, violencia. Y luego tumbas.

Como hijo de un sobreviviente, como chileno, y como hombre que ama la vida y la justicia, digo con toda el alma: no lo repitamos.

Ya lo vivimos.
Ya lo lloramos.
No lo permitamos otra vez.

Que Dios Bendiga a Chile

Ariel Markovits Rojas

Pre Candidato a Diputado Distrito 6

Partido Republicano de Chile

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