
Hay cosas que no se explican con palabras.
Se sienten. Se heredan.
Van de abuelos a nietos, a veces sin pasar por los padres.
Se manifiestan en gestos, intuiciones, sueños…
Una canción que no sabes de dónde conoces. Una lágrima al ver una vela encendida.
Un silencio que pesa cuando ves la historia de Israel o escuchas una bendición en hebreo.
En Chile, y en toda América Latina, hay miles —quizás millones— de personas que llevan dentro esa memoria.
No importa si no tienen documentos. No importa si no siguen rituales.
Lo que importa es que algo dentro de ellos les dice que vienen de un pueblo antiguo, luchador, sabio y lleno de luz.
Yo soy judío.
Chileno.
He vivido años en Israel.
Y por eso, sé reconocer esa alma hebrea cuando vibra en otros, aunque no se nombre.
Sé que esa llama no necesita títulos, ni carnés, ni pasaportes.
Esa llama se transmite. Vive.
Se enciende a veces sola, en medio de la noche, sin que nadie la haya enseñado.
A ti, que sientes algo al leer esto,
que no sabes del todo qué es,
pero te resuena, te emociona, te llama…
Quiero decirte: no estás solo.
No estás loco.
No estás desarraigado.
Estás volviendo a ti mismo.
Y yo quiero acompañarte.
Quiero ser puente.
Entre tú y tu raíz.
Entre la memoria y el presente.
Entre esa alma hebrea que late en silencio… y un futuro donde pueda hablar en voz alta, sin miedo, sin juicio, con orgullo.
No vengo a enseñarte nada.
Solo a recordarte lo que ya vive en ti.
Porque cuando despertamos nuestras raíces, no nos volvemos más rígidos. Nos volvemos más libres.
Y si algo he aprendido, es que el alma hebrea nunca muere.
Solo espera el momento para volver a florecer.
Tal vez, este es tu momento.
Y si lo es, estaré aquí para caminar contigo hacia esa luz.
Deja un comentario