Chile: El Momento de Levantar la Mirada

En la mañana, en su primer día de vacaciones, mi hija me preguntó cuáles son los países más bellos del mundo. Le preguntamos a ChatGPT y nos mostró una lista donde aparecían Italia, Nueva Zelanda, Japón y —como bonus— Chile, reconocido por sus paisajes únicos y su enorme diversidad. Después me preguntó cuáles son los países más ricos de Latinoamérica, y ahí destacó primero Uruguay, seguido muy de cerca por Chile y Panamá. Finalmente, quiso saber cuál país tiene más potencial, y en esa materia Chile apareció muy por arriba del resto de latinoamerica: por sus recursos naturales, sus instituciones y el nivel de educación de su gente.

Chile tiene todo para convertirse en la primera potencia plenamente desarrollada de Latinoamérica. No es un sueño ingenuo ni un discurso vacío: es una posibilidad concreta, cercana y absolutamente alcanzable. Pero para lograrlo debemos comprender una verdad profunda: el progreso real no depende de si gobierna la derecha o la izquierda, sino de la capacidad de sostener políticas claras, estables y maduras en el tiempo, políticas que nos den un rumbo común.

Durante los años 90 y hasta cerca del 2012, Chile vivió uno de los ciclos de mayor avance económico y social de su historia. Aquello no fue suerte: fue orden, visión y un pacto implícito entre todos los sectores. Elegimos elevar el nivel, trabajar con seriedad, dialogar con respeto y construir instituciones firmes. El país creció porque la política estuvo a la altura, porque hubo grandeza y propósito. Había consenso en algo fundamental: que las empresas generan riqueza, y que los impuestos deben tener el equilibrio de incentivar la inversión y, a la vez, financiar un Estado social que —paso a paso— mejorara la vida de los chilenos.

Como toda nación, atravesamos turbulencias. El éxito nunca es lineal. Pero los países que prosperan no son los que evitan las crisis, sino los que las transforman en momentos de madurez y reordenamiento.
Hoy, Chile está exactamente en ese punto.
Hoy es tiempo de levantarnos.

La crisis del 2019 se inscribe en ese ciclo histórico —cada 40 o 50 años— en que nuestro país enfrenta episodios de alta tensión. Pero esta vez actuamos como una nación más civilizada: evitamos una guerra interna y canalizamos el conflicto a través de un proceso desgastador, delirante y preocupante de elecciones constituyentes, sí… pero infinitamente menos destructivo que una guerra civil o una intervención militar.

Hoy ha quedado claro que la inmensa mayoría de los chilenos no quiere cambios radicales, ni nuevas constituciones, ni imposiciones culturales. Queremos orden, justicia clara y eficiente, y oportunidades reales de desarrollo.

Y aquí aparece un elemento que no puede quedar fuera: Dios siempre ha bendecido a Chile con recursos naturales que el mundo necesita. No somos un país cualquiera. Somos un país privilegiado:

  • En un planeta hambriento de transición energética, somos de los mayores productores de cobre del mundo.
  • En una era donde las baterías impulsan autos, ciudades e industrias, somos potencia mundial en litio.
  • En un tiempo donde la humanidad busca energías limpias, tenemos uno de los mejores potenciales del planeta para energía solar, eólica e hidrógeno verde.

No es casualidad.
Dios nos puso sobre tierras únicas, y nos entregó recursos que hoy valen más que nunca. Lo que antes eran simples materias primas, hoy son los cimientos del futuro energético y tecnológico del planeta.

La oportunidad está alineada: historia, geografía, recursos, talento humano y un país que ya demostró que puede crecer fuerte cuando se ordena.
Tenemos destino.
Lo que falta es decisión.

Pero esa decisión solo florece desde tres virtudes esenciales: humildad, empatía y amor a la patria. Cuando quienes participan en política elevan el nivel, renuncian al barro y al ruido fácil, y entienden que su labor es construir y no destruir, el camino se vuelve más fluido de lo que parece.
El país respira.
La inversión llega.
La confianza vuelve.
Las oportunidades se multiplican.

Chile puede —y debe— transformarse en el primer país del primer mundo en América Latina en los próximos diez años. No porque quiera parecerse a otros, sino porque ya tiene las condiciones espirituales, materiales y humanas para lograrlo. Ya estuvimos a un paso. Solo debemos recuperar la claridad, el propósito y la convicción.

El futuro está ahí, esperándonos.
Con madurez, orden, unidad y fe, Chile puede ocupar el lugar que Dios le reservó: ser una nación próspera, estable, segura y admirada en todo el continente.

Es tiempo de dejar atrás la confusión.
Es tiempo de volver a creer.
Es tiempo de trabajar unidos.

Chile está llamado a ser grande. Y este es el momento de empezar a escribir esa historia.

Que Dios bendiga a Chile.

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