Cuando el ataque nunca llega: la nueva forma de hacer la guerra

Aviones de combate estadounidenses de última generación entran en el espacio aéreo venezolano. Los radares se activan, las redes hierven, los analistas hablan de “horas críticas”. Esta vez parece distinto. Esta vez, . Se espera el gran ataque, el golpe largamente anunciado, el inicio de algo definitivo.
Pero no ocurre.
Los aviones giran, regresan, y el silencio vuelve a instalarse.

Otra vez nada.

Y es justamente ahí donde muchos se equivocan: creen que, porque no hubo explosiones, no pasó nada.


Lo que ocurre hoy entre Estados Unidos y Venezuela se parece menos a una guerra y más a una sequía. No hay un día exacto en que todo cambia, pero el daño avanza lento, constante y sin contrapeso. Al comienzo casi no se nota; luego fallan los cultivos, se vacían los embalses, se agotan las reservas, y cuando la emergencia es evidente ya no hay soluciones rápidas. La nueva táctica americana funciona así: presión permanente, desgaste prolongado, asfixia sin espectáculo. No elimina la posibilidad de golpes quirúrgicos, precisos y limitados si se estiman necesarios, pero aleja deliberadamente la invasión clásica, esa que une al enemigo, crea mártires y obliga a reconstruir lo destruido. No es una guerra de conquista: es una guerra de agotamiento, donde el tiempo y los bloqueos —como la falta de agua— se convierte en el arma principal.

Cada maniobra militar reaviva la expectativa global. Titulares urgentes, declaraciones ambiguas, expertos midiendo palabras. La pregunta vuelve como un reflejo: ¿cuándo será el ataque? Pero pasan los días, no ocurre nada visible y la amenaza se vuelve paisaje. La escena empieza a parecerse al viejo cuento de Daniel y el lobo: el niño grita “¡viene el lobo!”, los vecinos acuden, era mentira; una y otra vez, hasta que el lobo realmente aparece y nadie le cree. La diferencia es decisiva: en esta versión moderna, el lobo no necesita atacar. Le basta con estar siempre cerca, recordando que puede hacerlo, mientras el desgaste sigue su curso.

Este es el corazón del nuevo modelo de guerra entre grandes potencias. Ya no se buscan imágenes épicas ni victorias instantáneas, sino resultados efectivos con costos mínimos. Las sanciones económicas, el bloqueo financiero, el aislamiento tecnológico, la presión diplomática y la disuasión militar constante reemplazan al desembarco y a la ocupación. El conflicto deja de ser un evento y se convierte en un proceso. No hay día D. Hay años.

Para quienes dirigen estas estrategias, las ventajas son evidentes: no hay ataúdes que mostrar, no hay protestas masivas, no hay trauma nacional. No se crean mártires ni se unifica al adversario. El tiempo juega a favor del más fuerte. Es una guerra compatible con democracias cansadas y opiniones públicas sensibles, siempre que el sufrimiento ocurra lejos de las cámaras.

Pero que no sea espectacular no la vuelve benigna. Esta forma de guerra puede ser incluso más cruel. No destruye ciudades en una noche, pero erosiona sociedades enteras durante años. No mata de golpe, pero empobrece lentamente, vacía países, rompe biografías. Es una violencia silenciosa, prolongada, sin inicio ni final claros, donde el sufrimiento se administra en cuotas.

En ese desgaste conviven hoy tres emociones venezolanas, todas intensas. El exiliado anti-Maduro vive cada amenaza como un latido breve de esperanza seguido de frustración; empieza a aceptar, con rabia y tristeza, que su país no será “liberado” en un día glorioso, sino agotado hasta cambiar. El que sigue dentro, sobreviviendo, ya no teme al ataque externo: teme al apagón, al sueldo inútil, a la comida que no alcanza; para él la guerra no es geopolítica, es cotidiana. Y quien aún apoya al régimen se aferra a cada ataque que no llega como prueba de resistencia, aunque en el fondo percibe la grieta: el Estado controla, pero no cuida; manda, pero no sostiene; la épica ya no alimenta ni ilumina, solo exige aguantar indefinidamente. En los tres casos, la amenaza constante no moviliza: agota, y ese agotamiento compartido es quizás el verdadero campo de batalla.

El objetivo final de esta guerra no es una rendición pública ni una bandera blanca. Es algo más frío, pero también más realista: hacer que sostener el poder sea más caro que cambiarlo. Cuando ya no alcanza para pagar lealtades, cuando el aparato estatal funciona solo en apariencia, cuando incluso quienes mandan entienden que el sistema dejó de ser viable, el conflicto se resuelve sin grandes anuncios ni escenas finales.

Tal vez por eso estas guerras se sienten tristes. No tienen épica ni héroes, pero sí dejan lecciones. Enseñan que el poder moderno ya no necesita arrasar para vencer, y que las sociedades, aun en medio del desgaste, conservan algo esencial: la capacidad de adaptarse, resistir y, eventualmente, reconstruir.

Como una sequía, este tipo de conflicto no define el final por un solo día de lluvia, sino por el momento en que el ciclo cambia. Y cuando cambia, no suele hacerlo con estruendo, sino con una normalidad silenciosa que, de pronto, abre espacio para algo distinto.

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