
Mi padre vio caer a los nazis.
No en libros ni documentales: en tiempo real, con el peso que solo tiene la historia cuando pasa frente a tus ojos y sabes que millones han muerto para que eso ocurra.
Años después, vimos juntos caer a los comunistas.
La caída de la Unión Soviética y de sus satélites no fue solo un evento político: fue el derrumbe de una mentira gigantesca que había prometido justicia y había entregado miseria, represión y muerte. Recuerdo sus silencios, más que sus palabras. Los hombres que han visto demasiado no celebran con gritos: asienten, respiran, y siguen.
Hoy me toca a mí.
Veo la caída inminente del chavismo, el agotamiento final de lo que queda del comunismo en América Latina. Veo también algo que parecía imposible durante décadas: la muy probable caída del régimen de los ayatolás en Irán, uno de los últimos grandes totalitarismos ideológicos de nuestro tiempo.
Y entonces recuerdo una frase, dicha no por un político ni un intelectual, sino por un soldado ucraniano.
Cuando le preguntaron qué haría después de la guerra —si sobrevivía— respondió con una claridad brutal:
“Solo queda llorar a los que no pasaron.”
No habló de victorias.
No habló de futuro.
Habló de los muertos.
Y tenía razón.
Eso es, al final, lo único que queda de todos esos regímenes:
nazis, comunistas, ayatolás, chavistas…
sus muertos.
No quedan sus estatuas.
No quedan sus consignas.
No quedan sus himnos.
Quedan los nombres que no volvieron a casa.
Quedan las madres sin hijos.
Quedan los hermanos caídos.
Quedan los silencios.
Pero esas lágrimas —y esto es lo esencial— no son estériles.
Son como el agua que cae sobre la tierra después del incendio.
No borran el dolor, pero permiten que algo vuelva a crecer.
Porque esas lágrimas nos recuerdan algo fundamental:
somos inmensamente afortunados de seguir aquí.
Cada vez que nos falta ánimo.
Cada vez que estamos cansados.
Cada vez que la vida nos golpea y sentimos que no vale la pena seguir…
basta recordar a quienes no pasaron.
Y entonces entendemos que vivir con propósito, con sentido, con alegría y con amor no es un lujo:
es una forma de honrar a los muertos.
No los honramos con odio.
No los honramos con venganza.
Los honramos viviendo bien, viviendo con verdad, construyendo, cuidando a los nuestros, defendiendo la vida y el orden frente al caos.
Mi padre vio caer imperios del mal.
Yo veo caer otros.
Y cuando todo esto termine —si termina bien— no habrá que levantar monumentos gigantes ni escribir discursos grandilocuentes.
Habrá que hacer algo mucho más difícil y más noble:
recordar, llorar… y seguir viviendo con esperanza.
Porque mientras haya hombres capaces de llorar a los caídos
y aun así levantarse cada mañana con propósito,
ningún totalitarismo tiene la última palabra.
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