
Salgo a caminar desde mi barrio.
Un barrio hermoso.
Árboles vivos, cerros que respiran, pájaros, luz. La naturaleza en Quilpué no pide permiso para ser bella: simplemente es.
Camino tranquilo. Respiro. Me siento agradecido.
Pero bastan unas pocas cuadras.
De pronto, la escena se quiebra.
Basura en el suelo.
Grafitis agresivos, sin sentido, como gritos pintados sobre los muros.
Aceras rotas que obligan a bajar la vista.
Calles antiguas, cansadas, abandonadas.
Y uno siente algo muy claro:
no es que falte belleza… es que la estamos destruyendo por abandono.
La naturaleza sigue ahí, paciente, intentando sostener el cuadro.
Pero el descuido humano la tapa, la ensucia, la hiere.
Y eso duele, porque Chile —y Quilpué— lo tienen todo para verse bien.
No somos una ciudad fea.
Somos una ciudad dejada.
Dios nos regaló un verdadero Edén.
Y el trabajo más básico del ser humano no es destruirlo, ni ignorarlo, sino cuidarlo y mantenerlo.
En Chile, incluso nuestro himno nos recuerda que esta tierra es la “copia feliz del Edén”.
No es solo una frase bonita.
Es un mandato.
Una responsabilidad profunda.
Cuidar este Edén no es una tarea secundaria.
Es parte de lo que somos.
Y sin embargo, hoy estamos fallando en lo más básico.
No necesitamos grandes proyectos, ni discursos, ni presupuestos millonarios.
Necesitamos lo esencial:
limpiar,
ordenar,
mantener,
cuidar.
Nada heroico.
Nada imposible.
Borrar grafitis, sancionar a quienes destruyen, reparar aceras y calles no es un lujo estético.
Es dignidad.
Es seguridad.
Es calidad de vida.
Cuando un barrio se cuida, la violencia baja.
Cuando el entorno se respeta, las personas se respetan más.
Cuando un lugar se ve limpio y ordenado, nace la pertenencia.
Hoy vemos grafitis incluso en los muros de la Municipalidad, frente a ella, mensajes que parecen decir:
“Aquí manda el caos. Aquí nadie se hace cargo.”
Eso no es normal.
Y lo más grave: nos estamos acostumbrando.
Y cuando una ciudad se acostumbra al abandono, empieza a perderse.
El espacio público habla.
Y hoy está hablando de abandono.
Cuidar la ciudad es responsabilidad de todos, sí,
pero la primera obligación es de la autoridad:
ordenar, mantener, limpiar, sancionar, estar presente.
Y esa obligación no puede seguir esperando.
Esto no requiere años ni grandes recursos.
Requiere decisión.
Y nosotros, como ciudadanos, no podemos mirar para el lado.
Denunciar.
Cuidar.
Colaborar.
Exigir con respeto, pero con firmeza.
Porque la esperanza es real:
Quilpué puede verse hermosa muy rápido.
La base ya está.
La naturaleza hace su parte todos los días.
Ahora nos toca a nosotros.
Recuperar el orden no es una opción estética,
es una decisión de dignidad.
Y esa decisión hay que tomarla ahora.
Que Dios bendiga a Chile.
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