
Los titulares del establishment no tardaron ni cinco minutos en encender las alarmas de siempre: «Vuelve el fantasma nazi», «Terremoto político en Alemania», «Un peligro mortal para la democracia».
La receta mediática ante el avance electoral de Alternativa para Alemania (AfD) es la misma que conocemos bien en Chile y América Latina: cuando los ciudadanos se cansan del desgobierno, el crimen organizado y el descontrol en los pasos fronterizos, la respuesta de la élite no es rectificar, sino descalificar al votante tratándolo de fascista.
Pero basta mirar los datos fríos para entender lo que realmente ocurre: no es el regreso de ningún totalitarismo, sino la rebelión democrática del sentido común.
La agenda que cualquier país sensato respaldaría
¿Qué exige la mayoría de los alemanes que vota por este cambio de rumbo? Puntos que cualquier ciudadano con apego al orden en nuestro continente firmaría hoy mismo:
- Fronteras cerradas a la ilegalidad: Ninguna nación sobrevive si renuncia a controlar quién cruza sus límites. Exigir orden, expulsión inmediata de delincuentes extranjeros y freno a la inmigración desatada no es odio: es la primera obligación moral y constitucional de cualquier Estado.
- Freno frontal al fundamentalismo: Europa abrió las puertas a corrientes que desprecian los valores republicanos y la igualdad ante la ley. Combatir el islamismo radical no es intolerancia; es defender la civilización occidental y la seguridad de las familias.
- Soberanía frente al centralismo de Bruselas: Poner fin a que burocracias no electas determinen desde lejos la matriz energética, la economía o la legislación interna de una nación soberana.
- Orgullo por el legado propio: Alemania es un motor histórico del mundo: tierra de filósofos, científicos, técnicos, ingenieros y cultura de excelencia. Querer valorar esa herencia sin pedir disculpas permanentes por existir es un rasgo elemental de salud cívica.
La trampa moral: la patria no es el nazismo
La izquierda y los grandes medios han recurrido a un chantaje psicológico persistente: equiparar amor a la patria con nacionalsocialismo.
Hay una distancia sideral e insalvable entre ambos conceptos. El nazismo fue una aberración colectivista, estatista, criminal y pagana, basada en la subordinación del individuo al Estado y el odio racial. El patriotismo que defendemos en el mundo libre se apoya en los cimientos opuestos: la libertad personal, el imperio de la ley, la propiedad privada y las raíces morales judeocristianas.
Por eso hay que decir una verdad incómoda pero necesaria: el peso de la Shoá (Holocausto) no puede seguir cargándose como una culpa hereditaria sobre las nuevas generaciones alemanas.
Recordar el Holocausto con reverencia indeclinable, educar a los jóvenes contra el horror del antisemitismo y vigilar que jamás se repita es un deber ético absoluto. Pero instrumentalizar esa tragedia como una mordaza política para que un pueblo acepte la disolución de sus fronteras y la pérdida de su soberanía es una manipulación inaceptable.
La línea roja de la derecha: vencer las sombras internas
Para consolidarse como una alternativa seria y duradera de gobierno, la dirigencia de AfD tiene una prueba de fuego frente a sí: marcar una frontera interna intransigente.
El partido debe pertenecer a los defensores de la libertad, el libre mercado, la familia y el orden constitucional. Aquellas corrientes o figuras que insistan en discursos etnonacionalistas excluyentes («no cualquiera puede ser alemán»), o que caigan en la bajeza de relativizar el Tercer Reich y la Shoá, deben ser derrotadas ideológicamente y expulsadas.
Esas ideas del pasado son tóxicas, contrarias a la dignidad humana y el regalo perfecto para que la izquierda justifique sus bloqueos. Una derecha moderna y ganadora vence con argumentos sólidos, respeto irrestricto al Estado de derecho y apego a los valores de la civilización occidental.
Una Alemania segura, próspera y orgullosa de su trabajo no amenaza al mundo: es indispensable para el equilibrio de Europa y la fortaleza del mundo libre.
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