La memoria no es optativa: Chile frente a los viejos fantasmas del Plata

Cada vez que Argentina se asfixia por dentro, mira hacia afuera. El reciente anuncio de Javier Milei elevando la reivindicación de las Malvinas a cruzada constitucional no es una novedad doctrinaria, pero sí un síntoma que a Chile debe erizarle la piel. Londres contestó con el desdén diplomático de siempre: la soberanía no se discute, los isleños deciden. Pero nosotros no somos una potencia nuclear protegida por miles de kilómetros de océano; compartimos más de cuatro mil kilómetros de cordillera con un vecino impredecible cuya memoria para los compromisos suele ser trágicamente corta.

La historia compartida no se forjó en declaraciones de buena crianza, sino a través de lecciones duras y amargas:

  • La traición de 1978: Cuando el Laudo Arbitral británico sobre las islas Picton, Nueva y Lennox favoreció a Chile, Buenos Aires simplemente declaró el fallo nulo. Tuvieron a miles de muchachos rezando en las trincheras del sur, con los fusiles calientes y los buques en rumbo de colisión, hasta que el Papa frenó una carnicería fratricida en la última medianoche de diciembre.
  • El gas cortado: En pleno siglo XXI, cuando la diplomacia de las sonrisas prometía integración energética, firmaron tratados solemnes que duraron lo que tardó en apretar su propia escasez. Cerraron las válvulas sin pestañear, obligando a Chile a pagar sumas descomunales para no congelar su matriz productiva.
  • La mordedura austral: Desde las presiones decimonónicas sobre la Patagonia oriental hasta los litigios jamás pacificados en Campos de Hielo Sur y los intentos de bloquear el paso bioceánico natural de Chile, el reflejo expansionista trasandino jamás descansa.

Detrás de cada estallido patriótico en Buenos Aires opera la misma maquinaria: una dirigencia política voraz y corrupta que ha esquilmado la riqueza de su propio pueblo y que, cuando el bolsillo sangra y la calle se calienta, apela al chovinismo más ramplón. Azuzan banderas, le dan micrófono a mandos militares vociferantes y buscan un culpable fronteras afuera para desviar el fuego de su propia descomposición.

Que no haya confusiones: el esfuerzo de Milei por quebrar décadas de decadencia y casta parasitaria es valioso y merece simpatía en sus reformas de fondo. Pero los presidentes pasan y la burocracia imperialista de Buenos Aires permanece. Si hoy las Malvinas vuelven a ser el talismán sagrado de la épica electoral, mañana ese mismo mapa inflado de retórica apuntará a la Antártica, al Estrecho de Magallanes o a nuestra propia plataforma continental. La buena sintonía de hoy no garantiza nada mañana.

Chile no puede permitirse la ingenuidad. Frente a un vecino de tratados endebles y vaivenes desquiciados, el Estado de Chile debe actuar con instinto de supervivencia y frialdad:

  • Reino Unido como eje disuasivo: Gran Bretaña ha demostrado a lo largo de décadas ser un socio serio, solvente y dotado de la fuerza real que impone respeto en el Atlántico Sur. Reforzar la cooperación en defensa, logística antártica y presencia naval con Londres no es una preferencia caprichosa; es una urgencia de soberanía para equilibrar el peso en los mares del fin del mundo.
  • Una muralla sin colores políticos: La defensa de nuestro territorio no admite los complejos ideológicos de Santiago. No importa quién ocupe La Moneda; la integridad de las fronteras, los fiordos y los hielos continentales exige un consenso inquebrantable, financiamiento firme y una postura que entienda que la soberanía no se negocia con sonrisas, sino con disuasión incontestable.

Los tratados valen tanto como la voluntad y el poder para hacerlos respetar. Frente a los vientos que vuelven a soplar desde la pampa, la ingenuidad no es un error de cálculo: es una renuncia histórica que Chile nunca más puede cometer.

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